Admirado como jugador y representante del barcelonismo, las salidas de tono empañan la reputación inteligente de un futbolista insustituible que estropeó la magnífica actuación de la selección en Francia con la enésima ‘rajada’ antimadridista.

Gerard Piqué, antes del Francia-España.

 Gerard Piqué, antes del Francia-España. Aurelien Meunier / Getty

Este martes, unas horas antes del partido Francia-España, la cantante Shakira afirmó en un acto benéfico que su esposo, Gerard Piqué, es el hombre más sensato que conoce. Esa noche el futbolista fue, en efecto, uno de los hombres más cabales sobre el césped de Saint-Denis, pero media hora después, como si tuviese ‘mono’ de polémica, el jugador dinamitó la pacífica alegría de la selección: en una zona mixta que quedará para la historia de la radio deportiva, el central del Barcelona reabrió sin motivo aparente una herida que pervive en el vestuario de la ‘Roja’ desde que Casillas y Xavi, por mandato de Vicente del Bosque, resolviesen en privado el boquete abierto en la selección por los conflictos Madrid-Barça.

Piqué, protagonista habitual de esas trifulcas, es generalmente admirado por dos razones: ser indiscutiblemente uno de los mejores defensas del planeta y hablar con una claridad infrecuente frente a los micrófonos. Numerosas veces se ha elogiado su naturalidad frente a las cámaras, su habilidad para dirigir el debate en los medios con tres frases, su carisma único en una sociedad de clics y videojuegos. En la última Eurocopa, cuando su gol contra la República Checa acalló definitivamente los silbidos de la afición en su contra, llegó a actuar de portavoz del grupo y asumir un papel de consenso.

Nueve meses después, en el mismo estadio donde España se despidió de la Euro, sus palabras ensuciaron una victoria con valor simbólico que coloca a España de nuevo (si es que alguna vez dejó de serlo) entre el grupo de favoritas a ganar el próximo Mundial de Rusia. (Como el propio Piqué afirmó). Pero también han dañado la reputación de una estrella cuya inteligencia y capacidad de comunicación es (o era) reconocida hasta por sus detractores. La ‘rajada’ de cuarto de hora ante la prensa nada más salir del vestuario parisino, sin motivo aparente, cuestiona el sentido común y el compromiso con el colectivo de un jugador que no quiere retirarse de la ‘Roja’ hasta Rusia 2018 y podría acabar perfectamente en la presidencia del FC Barcelona en un futuro no demasiado lejano.

UNA VIDA DE LÍOS

En los últimos años, las noticias relacionadas con sus polémicas verbales han crecido sin descanso. Empezó con la ‘manita‘ hacia la grada después de la victoria del Barcelona por 5 a 0 sobre el Real Madrid en 2010 o el gesto de llevar esposas dirigido al árbitro Pérez Lasa tras la derrota sufrida en el Santiago Bernabéu en la campaña 2012-13.

Puede que su escupitajo infantil a Pedro Cortés, delegado de la selección española, o su ‘pillada’ confesándole a Del Bosque la venta de Cesc al Chelsea no fueran graves. Su lanzamiento de bombas fétidas en Finlandia o el hecho de haber sido castigado por Luis Enrique por utilizar el teléfono móvil en el banquillo durante la disputa de la Supercopa de Cataluña también son faltas menores, sobre todo si se comparan con el enfrentamiento que tuvo con la Guardia Urbana de Barcelona cuando se encaró con dos agentes que procedían a sancionar a su hermano y el central culé les dijo aquello de “voy a hablar con tus jefes y se te va a caer el pelo, esta multa la va a pagar tu padre”.

KEVIN ROLDÁN

Pero hay más. El siguiente escándalo llegó durante la celebración del título de la Champions 2014-2015, cuando se acordó de la fiesta de cumpleaños de Cristiano Ronaldo celebrada tres meses antes: “Gracias a Kevin Roldán, contigo empezó todo”, dijo Piqué para alborozo de miles de aficionados. Pocos días después, en un amistoso de la ‘Roja’ jugado en León, la afición le pitó durante toda la concentración. Fue un momento difícil para él, pero no cejó en el empeño de cazar titulares. Tras ganar la Supercopa de Europa volvió a acordarse del eterno rival merengue: fue grabado diciendo “vamos chavales, vamos a celebrarlo, que se jodan los de Madrid”.

La temporada pasada, durante la Eurocopa, Piqué jugó tan bien los primeros partidos que logró acabar con los pitos de la afición y congraciarse con un público que nunca ha cuestionado su aptitud futbolística. La metedura de pata de este martes en Saint-Denis es probablemente la menos fácil de comprender, por su extemporaneidad y por olvidar que en aquel momento hablaba con la prensa como miembro y representante de la selección española de fútbol, no como un icono del fervor culé. En la selección, habían proclamado tanto barcelonistas como merengues, se apartan las cuestiones de club y se trabaja en pos de un objetivo común.

“LOS HILOS DEL PALCO”

Piqué dijo ayer tener amistad con muchos futbolistas blancos, pese a la frialdad con que Ramos, su compañero en la defensa española, recibió su nueva salida de tono. “A mí del tema del Madrid lo que no me gusta es ver en el palco las personalidades que hay y cómo mueven los hilos”, dijo el defensa catalán, repentinamente inconsciente de las relaciones entre el FC Barcelona y el nacionalismo catalán investigado por la Justicia. Piqué volvió a expresar el victimismo de un club que tiene a varias estrellas procesadas, a algunos directivos con riesgo de cárcel; el mismo que cuando fue castigado por la FIFA debido a sus tratos con futbolistas menores de edad, hace dos años, también sacó la carta del doble rasero con el Real Madrid.

Gerard Piqué ha sido maltratado por la prensa en más de una ocasión: basta recordar cuando acudió (lesionado) en noviembre a Londres a ver el partido amistoso de España contra Inglaterra y fue fotografiado en un partido de tenis horas antes del duelo en Wembley, acusado de falta de compañerismo. O cuando se dijo que se había cortado las mangas de la camiseta para eliminar el escudo español. Sin embargo, las palabras del martes son un misil absurdo contra la convivencia en la selección de todos. Como dijo Ramos, “las palabras sentarían mal de Iniesta, que nunca habla. Esta es una más”. Su compañero culé en el centro de la defensa española ha jugado igual de bien entre pitos que sin ellos, y no termina de entenderse bien el porqué de tanta añoranza.