Tras la retirada de Budapest, ya sólo quedan París y Los Ángeles como ciudades candidatas para acoger un evento desprestigiado por la corrupción y el dopaje. La decisión se tomará en septiembre. (En EL ESPAÑOL).

Thomas Bach, durante los Juegos de Río.

 Thomas Bach, durante los Juegos de Río. Ker Robertson Getty
Visto retrospectivamente, el denodado esfuerzo que hizo Madrid por convertirse en sede de unos Juegos Olímpicos puede acabar siendo el último ejemplo de una época, la del entusiasmo olímpico y la lucha sin cuartel por cada voto, en vías de desaparición. La exclusiva publicada este viernes por el diario francés Le Monde sobre nuevos sobornos en el proceso de elección de los Juegos de 2016 vuelve a agitar peligrosamente las aguas de un movimiento que cada vez se parece menos al primer principio de la Carta Olímpica: “Crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales”. 

Una tendencia consolidada resume, sin necesidad de más explicaciones, el pésimo momento del olimpismo: cuatro ciudades (Boston, Hamburgo, Roma y la semana pasada Budapest) han abandonado su candidaturapara organizar los JJ.OO de 2024 tras diversas recogidas de firmas y consultas populares. Por segunda vez consecutiva (tras la designación de los Juegos de Invierno de 2022), sólo dos ciudades competirán oficialmente para acoger al mayor evento deportivo del planeta: París y Los Ángeles, dos megaciudades con pedigrí olímpico que resisten la creciente indiferencia frente a un certamen con audiencia planetaria.

EL ‘NO’ DE BUDAPEST

Las revelaciones de Le Monde este viernes llegan días después de la negativa húngara a seguir en la carrera por los Juegos de 2024: un rechazo que ha tenido un fuerte impacto en un organismo, el Comité Olímpico Internacional (COI), acostumbrado a pisar moqueta y ser la pretendida de todas las fiestas.

Según el periódico francés, tres días antes de la reunión del Comité Olímpico Internacional en Copenhague en 2009 (cuando Río batió a Madrid), Papa Massata Diack, hijo de Lamine Diack (expresidente de la Federación Internacional de Atletismo y exmiembro del COI entre 1999 y 2013), recibió un pago de 1,5 millones de euros de un holding con base en las Islas Vírgenes, propiedad de un hombre de negocios brasileño que habría obtenido luego contratos para las infraestructuras olímpicas.

Menos llamativo, pero quizá más grave aún, es que Frankie Fredericks, director hoy de la Comisión de Evaluación de los Juegos 2024, recibió un pago el mismo día de la designación por valor de 299.300 euros en una de las Seychelles. El máximo responsable del proceso de adjudicación de la futura sede olímpica también recibe sobornos.

REFORMA EN PROFUNDIDAD

Acosado por los casos repetidos de fraude, el megaescándalo del dopaje ruso y la manifiesta inutilidad de las instalaciones olímpicas construidas en Río de Janeiro, las autoridades del Comité Olímpico Internacional (COI) debaten en las últimas semanas (como han confirmado diversas fuentes autorizadas a EL ESPAÑOL) la posibilidad de adjudicar en un solo acto los Juegos de 2024 y 2028 a las dos únicas ciudades candidatas que quedan. Ese tiempo extra se aprovecharía para revisar el procedimiento de asignación de sedes e incluso la propia dinámica del megaevento olímpico.

El presupuesto de la candidatura de Tokio para 2020, inicialmente fijado en unos 6.000 millones de euros, ha crecido hasta casi 15.000, despejando cualquier duda sobre la imperiosa necesidad de controlar los gastos y modificar las formas de hacer las cosas en un entorno de notable opacidad (la duplicación o triplicación de los presupuestos iniciales es moneda corriente en la historia olímpica). Por diversos motivos financieros, medioambientales y políticos, las Olimpiadas han dejado de ser atractivas para las sociedades occidentales. Todos los referendos populares celebrados hasta ahora —salvo uno en Vancouver— se han saldado con la victoria del no.

DOPAJE Y COMPRA DE VOTOS

Los escándalos de corrupción (en el sentido más amplio de la palabra) abocan al COI a su mayor crisis desde la elección en 1998 de Salt Lake Citycomo sede de los Juegos de Invierno 2002, que derivó en la expulsión de seis miembros de la institución y supuso un enorme contratiempo para el entonces presidente, Juan Antonio Samaranch. Aquella crisis llevó a que se cambiasen las normas y nacieran unas Comisiones de Evaluación en lugar de permitir que todos los miembros del Consejo Directivo participasen en el proceso y visitaran las sedes.  Las acusaciones a Fredericks, precisamente presidente de la Comisión de Evaluación, ponen en tela de juicio las garantías del COI sobre la integridad de sus miembros y de sus procesos.

El mes pasado se supo que el expresidente del Comité Olímpico de Irlanda, Pat Hickey (expresidente del movimiento olímpico europeo) recibió 844 entradas extra para eventos estrella de los Juegos directamente de Thomas Bach, el presidente del COI: boletos cuyo paradero no se conoce y que pudieron ser vendidos por más de 200.000 euros en los días previos a las pruebas. Hickey había dimitido tras ser arrestado en Río, durante los Juegos, durante una investigación sobre venta ilegal de entradas.

Frank Fredericks, presidente de la Comisión de Evaluación de los Juegos de 2024.

Frank Fredericks, presidente de la Comisión de Evaluación de los Juegos de 2024. Dennis Grombkowski Getty

Bach vive su peor momento desde que llegó en 2013, acosado por su presunta falta de firmeza frente al dopaje de Estado en Rusia e implicado en una pugna con la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) por el control de la lucha contra las trampas en el deporte. Para algunos, Bach no tiene suficiente voluntad política para atajar la extensión del dopaje. Hajo Seppelt, el periodista alemán que destapó el escándalo ruso el año pasado (amenazado de muerte por ello), afirmó hace dos semanas a EL ESPAÑOL que “Thomas Bach no tiene ya credibilidad“.

Desde hace unos años, perder medallas por dopaje años después de haberlas ganado  (y transferírselas a atletas a los que les privaron del minuto glorioso de su vida y de muchos contratos) se ha convertido en otra modalidad olímpica. El informe independiente de la Agencia Mundial Antidopaje sobre los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, publicado el pasado mes de octubre, recoge conclusiones demoledoras que no hallaron demasiado hueco en la prensa: la toma de muestras no se hizo bien, muchos test se dejaron de efectuar (algunos días “hasta el 50%”) y no hubo controles a futbolistas y otros deportistas modalidades “de alto riesgo”.

La negligencia, como mínimo, del COI en materia antidopaje y el hecho de que prácticamente todos los meses se cancelen medallas de 2008 o 2012 amenaza con retirar la presunción de inocencia a los deportistas. Nadie se lo dirá a un periodista con micrófono, pero todos los que estuvieron en Río de Janeiro se lo podrán confirmar: nadie se fía de nadie en los Juegos.

FUGA DE PATROCINADORES

La convulsión del olimpismo amenaza con matar la gallina de los huevos de oro (los Juegos generan un negocio de miles de millones de euros). Desde Seúl 88 hasta Londres 2012, quizá con la excepción de Atenas, los procesos de elección de sede han estado presididos por la competencia al más alto nivel político. En 2005, cuando se decidió la sede de los Juegos de 2012, las ciudades aspirantes eran Nueva York, Moscú, Londres, París y Madrid. El triunfo constituía entonces una inyección de prestigio mundial, como le sucedería cuatro años después a ‘Lula’ Da Silva, el expresidente brasileño hoy defenestrado, cuando Río 2016 volvió a tumbar el sueño madrileño.

“Hay mucho temor a la salida de los patrocinadores asiáticos después de los Juegos de Tokio”, afirma una fuente solvente del olimpismo europeo a este periódico. “Ya no quieren vincularse con un movimiento sospechoso”. El COI se envuelve progresivamente de la misma mala reputación que acompañó a la FIFA hasta el macrocaso de corrupción impulsado por la Justicia estadounidense y la salida de Joseph Blatter en 2015.

Estado actual del pabellón acuático de los Juegos de Río.

Estado actual del pabellón acuático de los Juegos de Río. Pilar Olivares Reuters

¿LEGADO OLÍMPICO?

Otro atributo sagrado del COI, el legado olímpico, está también siendo cuestionado tras las fotos distribuidas recientemente de las instalaciones utilizadas en Río de Janeiro hace seis meses: fachadas que se caen a pedazos, techos que se derrumban y suelos por los que no se puede ni caminar. (Algo similar a lo que ocurrió en Atenas con el paso de los años). Desde el fin del certamen, los recintos olímpicos cariocas han permanecido cerrados: otro argumento para los detractores de las Olimpiadas y para aquellos que alertaron del “error” de celebrar los primeros Juegos sudamericanos en una ciudad con gravísimos problemas socioeconómicos y necesidades muy diferentes.

EL COI se limitó a afirmar este viernes, tras las imputaciones a Fredericks, que “toma nota de las graves acusaciones” hechas este viernes por Le Monde y que “se pondrá en contacto con las autoridades judiciales francesas para obtener información”. Ningún portavoz oficial del COI se ha pronunciado sobre la estrategia de adjudicar de una sola tacada los Juegos de 2024 y 2028, que implicaría un cambio de normativa similar al registrado tras los escándalos de Salt Lake City. Pero el rumor es generalizado entre directores de federaciones y asesores olímpicos. Las ciudades ya no quieren organizar los Juegos. La época del “relaxing cup de café con leche” se ha terminado: el olimpismo está herido.